Sociedad musical, inspiración y crecimiento

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¿Qué sentido tiene competir con la música?

Por: Luis Carlos Moreno Cardona

En la filosofía griega hay dos maneras de asumir el arte. Una de ellas tiene que ver con la definición del oficio y el dominio de las destrezas requeridas para su perfeccionamiento y otra muy humanista que tiene que ver con el propósito de enseñar, conmover y compartir.

La razón intenta conducir mediante las normas, requiere establecer criterios sobre los cuales medir, controlar y permanecer. Pero lo estético hace parte de un mundo más real, menos medible, porque trata de las maneras como se perciben y se sienten las cosas que suceden de manera espontánea, las que no necesitan delimitarse o institucionalizarse porque se mueven y transforman a su propio ritmo.

Por un lado están las normas y criterios técnicos institucionales y por otro muy diferente las motivaciones estéticas y las sensaciones generadas por la música. Por eso, algo tan personal como una creación musical no es completamente medible por los métodos de calificación, ni puede compararse objetivamente con otros procesos creativos.

La sociedad tiene el sentido innato de la competencia, la colectividad lo exige, el dinamismo y los cambios lo reclaman. Competir es una manera de supervivencia, una forma de incluirse en la selectividad de los que permanecen. Esa situación no ha sido ajena a las artes. El músico empieza con la necesidad de responder a las expectativas de su grupo familiar; sale a responder a la presión de espacios donde solo tienen cabida los más sobresalientes; sigue con la búsqueda de acceso a la educación cualificada donde depende de un concurso de méritos para conseguirse un cupo o una beca; y luego sigue la competitividad para lograr adquirir un empleo y aún para conservarlo.

Cuando la música se usa para competir, el entorno deja de estar conformado por un público receptor al que se le desea compartir y empieza a llenarse de adversarios a los cuales se debe convencer y vencer en un recorrido que además de arduo conlleva implicaciones emocionales. Nadie está preparado para perder y mucho menos en la música cuando incluso se pone en juicio lo que es tan cercano e íntimo como una creación o interpretación.

Hay una necesidad natural de procurarse bienestar, de sentirse aceptados no solo como personas sino como artistas. El temor al rechazo se amplifica cuando además involucra confrontar las propias habilidades y poner a consideración lo que para uno ya es una pasión y todo para para poder seguir vigentes en el medio. Esta tensión lleva a veces a la frustración, a la aversión por la disciplina a la que se llega inicialmente por impulsos vocacionales.

En la filosofía griega hay dos maneras de asumir el arte. Una de ellas tiene que ver con la definición del oficio y el dominio de las destrezas requeridas para su perfeccionamiento y otra muy humanista que tiene que ver con el propósito de enseñar, conmover y compartir.

Si se asume la música como competencia dicho camino involucra situaciones extramusicales como el desarrollo de estrategias y el perfeccionamiento de las tácticas que permitan tener todo bajo control; un estudio pormenorizado de los factores de riesgo como los nervios, el manejo de la tensión; estudiar las variables que confluyen para lograr la eficiencia al momento de someterse a ser medidos; disponerse a ser evaluados por la conjugación de los gustos personales y tendencias técnicas de quienes evalúan. Se hace importante informarse sobre las preferencias y estilos de los jueces; gestionarse los recursos logísticos y económicos para la preparación y para el momento de proyectarse en escena; saber sobre los propósitos institucionales de quienes convocan a la confrontación y los aspectos técnicos y sociales consignados en los parámetros de cada convocatoria o concurso.

A los concursos se les agradece que en el medio haya referentes de artistas que incluso se dan a conocer a través de ellos, pero también gracias a los diferentes contextos de competición es que el gremio musical resulta tan difícil de concertar y de asociarse en sistemas de trabajo en red. La competencia ha llevado, además, a desequilibrios entre lo técnico y lo cultural porque ha inyectado diferentes velocidades y contextos de transformación en donde por un lado han quedado la sociedad y sus estéticas que transcurren normalmente y, por otro rumbo van los artistas en competencia, entre artistas y en los eventos, con sus creaciones esforzadas por una aceptación académica separada de la espontaneidad social.

No es la intención decir que es bueno lo uno y malo lo otro pero sí es importante invitar a la reflexión a cada uno de los artistas e instituciones que se dedican a la música a que pongan en la balanza el costo y beneficio de los entornos competitivos. El aspecto humano, el impulso inicial por el que una persona se dedica al arte de la música debe seguir sustentado en el disfrute, en la espontaneidad emotiva puesta al servicio de convocar. Se debe trabajar por lo técnico para aportar más libertad a lo creativo pero no no hasta el punto de apagar el principio sensible y espiritual de la música.

Lo que no se puede olvidar, lo único legítimamente posible es ¡compartir la música con los demás! Hacer de la música el medio en donde los intérpretes y creadores sean los primeros beneficiados. Encontrar el punto de equilibrio en donde la puesta en el escenario sea para que el artista pueda celebrarse a sí mismo y luego pueda hacer reverencia a quien tenga la sintonía para recibirle como ser humano o a través de su obra.