Pensamiento musical, inspiración y crecimiento

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¿Sabes escuchar música?

Por: Luis Carlos Moreno Cardona

La certeza es posible aplicarla a lo que ya está en el pasado; la fe es la disposición mental hacia el futuro; la confianza es una disposición hacia lo que sucede en el presente.

La mayoría de la información que ingresa al cerebro se capta a través de la vista pero ¿qué sucede si equilibramos conscientemente esa cualidad hacia el oído? Escuchar música es seguir los eventos y pausas sonoras que transcurren por la magnitud física del tiempo. Una pintura o una escultura necesita del espacio pero la música sucede en la dimensión temporal en la que puede tener un comienzo, una permanencia y un final.

A través del oído, que es el órgano del equilibrio, podemos precisar fácilmente en dónde permanecemos y en qué dirección estamos con respecto a los elementos que producen las resonancias. Por lo que escuchamos podemos precisar la distancia de un vehículo en movimiento; sabemos a qué velocidad se acerca y a qué velocidad se aleja.

No son elaboraciones mentales. El cerebro reacciona automáticamente, más rápido que el mismo pensamiento. Cuando hay elaboraciones intelectuales sobre un suceso, es porque la mente ya tuvo tiempo de clasificar una situación y ubicarla en el pasado, el presente o el futuro.

Es muy frecuente en los adultos que mientras se realiza una acción el pensamiento se desliza hacia otro momento del pasado, hacia una proyección fantaseada o imagina algo del futuro.

Cuando una persona supone que está oyendo música su mente, mientras tanto, está recorriendo otro momento o lugar. Cuando una persona está ingiriendo un bocado de su postre favorito el pensamiento está construyéndose la escena del lugar a donde irá después de comer. La mente es mucho más flotante que los sucesos; más esquiva; se mueve en varias direcciones sucesivamente resultando difícil hacerla coincidir apaciblemente con el suceso en el presente.

Para decir que se está escuchando conscientemente se requiere ser selectivos, tanto con el oído como con el pensamiento, saber elegir aquello que nos interesa y dejar en segundo lugar aquello de menos importancia hasta ignorarlo por completo.

Escuchar música es hacer coincidir el momento presente de la mente con el momento presente de lo que escuchamos. En el instante en que unimos la capacidad de ubicación espacial del oído con la disposición mental del presente es cuando se logra establecer que estamos de lleno frente a un suceso sonoro consciente.

El momento presente es completo; no es una elaboración parcial de la mente como sucede en un recuerdo o en un deseo. La disposición a observar el ahora permite más intensidad en el sabor de un bocado de comida; intensifica la influencia del agua al correr por la piel; brinda la capacidad de sumergirse por completo en la música.

Es costumbre que las personas reproduzcan la música como una cortina de fondo, como una compañía pasiva que sirve de acompañamiento para las tareas que realizan. Es un uso parcial de lo que con la música se puede lograr porque el acontecer transformador y motivador de la música solo es posible cuando la mente acompaña sin juicios aquello que está escuchando.

La consciencia de la escucha permite dos niveles. El primero de ellos es cuando nos ubicarnos como observadores: Sabemos dónde estamos; seguimos los detalles y variaciones de cada particularidad como cuando estamos conociendo un novedoso paisaje. En esta perspectiva hay que perfeccionarse y lograr la confianza de mantenerse en el suceso sin perderse con el pensamiento.

El segundo nivel consciente es más profundo y consiste en dejar de ser observadores y convertirse en el centro mismo del suceso: en este punto no importa quiénes somos, renunciamos a las explicaciones mentales y con absoluta confianza nos compenetramos con el evento que transcurre, de forma similar a como lo hacemos en una sala de cine.

La música es una invitación para este momento presente, para estar aquí en el ahora, en el suceso de un compás a la vez, como observadores o como involucrados, pero conscientes. La música invita a deshacerse de las elaboraciones mentales, del antes o del después. Lograr esta ubicación mental permite la disposición a dejarse mover por el ritmo, reaccionar a la densidad y a las texturas sonoras. Esa es la forma directa de rendirse. Esa es la disposición a confiar en la música. Esa es la apertura para musicalizarse.

Las práctica oriental de meditar suele ser malentendida en occidente como la acción de recopilar pensamientos acerca de algo; también suele decirse que es poner la mente en blanco; pero, en el sentido práctico, meditar es observar algo sin realizar ningún juicio, sin tomar ningún partido. Seguir el suceso tal como ocurre, como lo hacen los niños, porque al pensar acerca de algo es ya quedarse atrás del tiempo en el que sucede.

Apartar diariamente unos minutos, abandonar las carreras de la jornada; sentarse tranquilamente o incluso danzar mientras se reproduce una obra musical, eso es entregarse ante ella como sucede en la sala de cine; degustar cada pulso rítmico como el bocado favorito; disponer la piel como para la ducha más esperada del día, permite que la música haga la verdadera función que es transcurrir ordenadamente a través de nosotros aportando alivio muscular y aquietando la estructura desordenada del pensamiento.